El nuevo estreno de Woody Allen remata en un film aceptable pero no brillante

Puntualmente, como cada año, Woody Allen nos proporciona una nueva película que amplía mucho más su prolífica carrera. El nombre de la misma es ‘Irrational man’ y plantea una serie de cuestiones e incertidumbres que (supuestamente) acosan al hombre actual. Joaquín PhoenixEmma Stone componen el dúo protagonista de esta comedia de ínfulas filosóficas aderezadas de tintes cómicos condimentados con unos diálogos más contenidos de lo habitual en el cineasta neoyorquino. Una buena dirección de actores (extraordinaria también Parker Posey) terminan de rematar una película aceptable pero no brillante del director neoyorkino.

La figura de un profesor de filosofía en horas bajas es utilizada por el director como alter ego de sus propias y ya conocidas obsesiones; a lo largo del metraje sobrevuelan el azar, la hipocondría, la inseguridad, la filosofía e incluso, la psiquiatría, mencionada de una manera fugaz. El director va hilvanado todas estas marcas personales para ofrecernos una película que va avanzando en una elegante y calculada sencillez; tomando como base una idea sencilla (en un giro de guión que lo cambia todo) que da la chispa que prende la llama, Allen logra conjugar, de manera casi imperceptible, todo un muestrario de géneros cinematográficos que se van intercambiando unos a otros: asistimos a una película existencial pero al mismo tiempo romántica al igual que casi detectivesca sin que apenas se note. Se plantea todo esto a manera de divertimento por parte del realizador, siendo una prueba de cómo Allen es «zorro viejo» en esto del cine. Un divertimento moral y ético que tiene mucho de fingido y falso como el personaje protagonista. Lo más destacado del film (y en general del cine de Allen) es la carga crítica que tienen sus películas contra los intelectuales (ya sean hombres o mujeres). En este sentido, es muy ilustrativa la frase del protagonista afirmando que la filosofía es una gran «paja mental»: ese poso de anti-intelectualismo está presente en toda la obra del director y en esta película también de una manera evidente. Las citas a escritores que salpican el relato son, antes bien, un truco para ligar antes que un rasgo cultural de la personalidad del protagonista. Ni tan siquiera las personas más cultas se libran de caer en comportamientos inaceptables que ellos han sido los primeros en criticar en los demás.

Joaquín Phoenix y Emma Stone en un fotograma de la película.

De ahí esa hipocresía con la que Allen a lo largo de su obra siempre ha retratado ciertos ambientes intelectuales. Antes que retratar lo que es la vida, el film nos muestra que para ciertas personas su existencia es un gran capricho autocomplaciente que se hace gracias al sufrimiento de los demás y, tristemente, el azar es lo único que nos puede librar de ellas. Conclusión desoladora — podríamos decir que la ausencia de razón produce monstruos — que subyace en una película hecha con la intención de divertirnos. El individuo compone la sociedad pero está solo ante ella.

Como es habitual, la película cuenta con un guión del propio director y una puesta en escena (excelente montaje de Alisa Lepselter) sin complicaciones en consonancia con la historia que se nos relata. La cámara (excelente fotografía de Darius Khondji) de Allen apenas se nota ya que es un director que muestra antes que dirige. Sus personajes hablan por sí solos mediante sus actos y sus palabras no haciéndoles falta el lenguaje cinematográfico para mostrarnos su realidad oscura más oculta. Película más estimulante que buena, el cine de Allen ha llegado a un punto en el cual se ha producido una fusión completa entre obra y hombre, no valiendo ya las categorías de bueno o malo. Merece la pena.